Río de Janeiro, 16 febrero (NA) -- La primera noche de desfiles del Carnaval de Río de Janeiro transformó el Sambódromo en un cauce de luz, música y emoción que parecía no tener orillas. Río de Janeiro se transformó, una vez más, en un gran escenario sin techo.
Carros alegóricos gigantescos mostraban escenas de fábricas, barrios obreros y plazas populares, mientras cientos de bailarines vestían trajes que mezclaban símbolos del nordeste brasileño con colores intensos de rojo y dorado. El público respondió con aplausos largos y cánticos que se confundían con el samba-enredo, convirtiendo la Sapucaí en un coro multitudinario.
Tras ese inicio cargado de significado político, la avenida se tiñó de arte y metamorfosis con la llegada de Imperatriz Leopoldinense. Su desfile fue un homenaje a la libertad creativa y a la figura del cantante Ney Matogrosso, icono de la música brasileña. Las fantasías, dominadas por tonos verdes, violetas y plateados, reflejaron un carnaval que dialoga con el teatro, la danza contemporánea y la cultura pop.
Familias enteras compartieron bancas en las gradas, los turistas se mezclaron con veteranos sambistas, y los fotógrafos corrieron de un lado a otro buscando capturar el instante perfecto: un giro de falda, una lágrima de emoción o un beso lanzado al público desde un carro alegórico. Cada escuela dejó su huella, y el público respondió con una energía que se mantuvo viva hasta el amanecer; fuera del Sambódromo, la ciudad seguía latiendo al ritmo del carnaval.
En barrios como Lapa, Copacabana y Santa Teresa, los blocos callejeros llenaron las calles de música y disfraces improvisados. Cuando se apagaron las luces de las tribunas por un instante y se escuchó el rugido de la batería inaugural, la avenida se convirtió en un escenario gigantesco donde cada paso era una declaración de identidad.